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Los pollos más felices no tienen por qué ser más caros en las tiendas
Por Juan Carlos Colmenero
Publicado en 19/08/2025 17:32
Curiosidades

Evitar una hora de dolor intenso para cada pollo de granja cuesta menos de una centésima de un céntimo por pollo

La industria del pollo está basada en la rapidez. Los pollos de granja, en particular los criados para el consumo (pollos de engorde), se crían para que crezcan rápidamente y pueden alcanzar el peso de mercado en solo 5-6 semanas. Esto es significativamente más rápido que la cría tradicional, en la que los pollos pueden tardar entre 12 y 16 semanas en crecer. Las razas de crecimiento más lento, a menudo denominadas razas autóctonas, pueden tardar el doble en alcanzar el peso de mercado.

Pero ¿cómo se consigue que crezcan tan rápido? Hay un sufrimiento poco conocido de las aves madre, aquellas que producen los huevos que luego darán lugar a los pollos de engorde. Estas aves, con la misma genética de crecimiento rápido que sus crías pero obligadas a vivir mucho más tiempo, deben ser sometidas a una restricción alimentaria severa para evitar problemas de salud, lo que genera hambre constante y miles de horas de angustia.

Un nuevo estudio publicado en Nature Food y liderado por el Welfare Footprint Institute ha demostrado que evitar cada hora de dolor intenso en un pollo en Estados Unidos cuesta menos de una centésima de céntimo de dólar. Este descubrimiento plantea serias preguntas sobre la ética y la sostenibilidad del modelo industrial de producción de carne avícola.

El trabajo analiza el impacto del European Chicken Commitment (ECC), una iniciativa que insta a las empresas alimentarias a adoptar razas de crecimiento más lento y mejores estándares de bienestar para los pollos de engorde. Aunque hasta ahora muchas compañías han rechazado estas medidas por considerarlas costosas o menos eficientes, el estudio pone esas objeciones en perspectiva: usando los costes por emisiones de carbono del sistema de comercio de derechos de emisión de la UE, se calcula que evitar una hora de dolor equivale al coste medioambiental de conducir un coche durante solo 15 metros.

La investigación demuestra que el cambio de razas de crecimiento rápido a lento (en línea con el ECC) puede evitar entre 15 y 100 horas de dolor intenso por cada pollo, por un coste adicional de apenas un dólar por kilo de carne. Estos datos desafían la creencia de que los sistemas de mayor bienestar son económicamente inviables o poco sostenibles desde el punto de vista ambiental.

Para llegar a estas conclusiones, los autores utilizaron el Welfare Footprint Framework, una herramienta científica que permite cuantificar el sufrimiento animal en términos comparables a otros indicadores de política pública. Al aplicarse a los pollos (que representan los vertebrados terrestres más numerosos del planeta, con más de 70 mil millones sacrificados al año), el método revela los efectos devastadores de las prácticas industriales actuales: crecimiento acelerado que provoca cojera, fallos cardíacos, estrés térmico y hambre crónica. Todo ello conlleva dolor severo y duradero.

“Estos no son valores abstractos. Permiten situar el bienestar animal al mismo nivel que otras prioridades políticas”, señaló la Dra. Kate Hartcher, investigadora principal del Welfare Footprint Institute y coautora del estudio. “Cuando comparas el coste de evitar el dolor con el de otras externalidades, los números hablan por sí solos”.

“Pocas personas saben que el dolor asociado a la carne de pollo comienza incluso antes de que nazca un pollito, con la vida de su madre”, explicó la Dra. Cynthia Schuck-Paim, directora científica del instituto y autora principal del artículo. “Para mejorar realmente el bienestar, necesitamos cambios genéticos. Sin ellos, las gallinas madre seguirán soportando un hambre extrema para evitar enfermedades derivadas del crecimiento rápido”.

Hasta ahora, el bienestar animal carecía de una métrica estándar que pudiera integrarse con los indicadores económicos y medioambientales. El Welfare Footprint Framework cubre ese vacío, ofreciendo una forma clara y científica de medir la experiencia de los animales y compararla con otros factores de impacto. Esta herramienta permite tomar decisiones más informadas y equilibradas, impulsando reformas que podrían transformar la forma en que producimos y consumimos carne.

El estudio representa un punto de inflexión al demostrar que mejorar el bienestar de los animales no implica necesariamente grandes sacrificios económicos ni medioambientales. De hecho, al poner cifras al sufrimiento animal, se hace evidente que muchas de las prácticas actuales no se sostienen ni ética ni económicamente. A partir de ahora, dejar fuera a los animales del debate sobre el sistema alimentario será mucho más difícil.

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